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Radicalmente libre, radicalmente riguroso por Alfons Cervera
Memoria de Ruedo Ibérico en la España actual por Alfons Cervera en el Foro para la Memoria en 2004
El texto que acabo de leer pertenece, si no recuerdo mal, al penúltimo número de Cuadernos de Ruedo Ibérico, el que se fecha en enero de 1979. Como en una borrachera de esperanza en el cambio que auguraba la nueva situación del país, aquel texto se encabezaba con el casi entusiasta titular de “Cuadernos de Ruedo Ibérico interrumpe su exilio”. Y venía la palabra exilio puesta entre comillas, como asentándose en esa doble situación, tan compleja y tan difícil, de quien ha sufrido antes el exilio exterior y está más que convencido de que esa condición de desidentidad y desarraigo seguirá siendo marca de la casa, esté ubicada ésta en París o en cualquier ciudad de la nueva y extraña democracia que se iniciaba en España.
Eran, aquellos, tiempos de esperanza. A las músicas que sonaban por las calles se les ponía letras que hablaban de libertad y a alguna gente ya nos volvió cautelosos, extremadamente cautelosos, el hecho de que a esa libertad, en la canción que fue himno común acordado para la transición política, se le añadiera la coletilla de “sin ira”. Más que la cautela nos enganchó una nueva épica de la resistencia: en los nuevos tiempos de tanto contento generalizado, se olvidaban con demasiada facilidad dos signos, muy parecidos entre sí, que eran como la semiótica intranquilizadora del futuro más inmediato. Se trataba de los dos pergaminos que, cual aquellos otros de arraigo medieval, se extendían por el territorio civil y por el otro, más convencido de las bondades de la época recién inaugurada, de la política: hablo del testamento de Franco y del saludo a esa inauguración rimbombante por parte del nuevo Jefe de Gobierno. El uno acababa de morir, el otro heredaba del muerto, ya como rey de una monarquía impuesta, la jefatura de la democracia recién inaugurada. Hablo, claro, -igual que cuando me refería a la palabra exilio- de una democracia entre comillas, con tantas comillas que al final sólo se veía un bosque de comillas y la democracia que esperábamos no aparecía por ninguna parte. En ese contexto obsesivamente entrecomillado, Pepe Martínez y su trouppe deciden cargar sus bártulos y regresar de su largo exilio parisino a otro que se anunciaba –sobre todo así lo veíamos desde el interior- lo mismo de largo y, seguramente, muchísimo más duro y a lo mejor también insoportable. pdf


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