El martirio es una profecía autocumplida: Numa Editorial, 2000-2004

En el sector editorial español, la “nueva y pequeña editorial independiente” debe tener un ratio de supervivencia menor que un cáncer de páncreas de estadío 4. La relativamente corta trayectoria de Numa, una editorial valenciana que publicó casi una veintena de libros  entre 2000 y 2004, sin duda no es más que una de las muchas historias de terca y jovial agonía que la pasión libresca provoca en los  obstinados pequeños empresarios del negocio editorial (“kamikaze” es todavía hoy -cuando la retórica voluntarista del “emprendedurismo” es hegemónica-  un término más que habitual en este ámbito), que cíclicamente envían  -y recogen- de las librerías cuidadas ediciones de libros en general impublicables.

Locus Solus

Locus Solus de Raymond Roussel en la edición de Numa

Y eso que al principio todos creíamos que el plan concebido por Arturo Castelló –la irrepetible personalidad detrás de Numa: alguien que siempre provoca la fuerte impresión de ir un lustro por delante- no podía fallar. Las dos colecciones de la editorial (la de literatura y ensayo) se dedicaban a títulos extranjeros no traducidos o traducidos malamente al castellano. Por un lado, se pretendía completar  las numerosas ausencias de traducciones españolas decentes y accesibles del canon literario anglosajón y continental.  Uno de los mayores hallazgos en este sentido fue la publicación de Locus Solus, el libro de Raymond Roussel publicado originalmente en 1941 y que más tarde recuperaron Foucault en Francia y aquí Vila-Matas. En 2010, la edición de Numa aparecía en una de las vitrinas del Museo Reina Sofía, que dedicó a Roussel una de sus exposiciones. Otro título destacado fue El Tercer Policía, del escritor irlandés Flann O’Brien, que recientemente sirvió para dar color a un personaje de la serie Lost,  el ‘héroe machote y con un punto de freak-lector-de-novelas-raras’ (museos y guiones estereotípicos: tal vez ese sea el futuro de los libros impresos).  Pero además de recuperar títulos olvidados, Numa también se alimentaba de la abundancia inagotable de la edición contemporánea anglosajona. Por ejemplo, la colección de ensayo (bautizada Viva la República) publicó poco después de su aparición en Estados Unidos una traducción de Fight The Power, la autobiografía de Chuck D (líder del grupo Public Enemy, pionero del hip hop) que desde entonces ha servido de inspiración tanto a investigadores de la cultura popular como a Tote King.

Las causas de la desaparición de Numa no fueron dramáticas ni sorprendentes: la inexperiencia y juventud de sus impulsores, la oligopólica y voraz industria de la distribución editorial española y, en definitiva, la escasez de demanda real para este tipo de cosas.  Con todo, es innegable que en Numa se vivía intensamente la experiencia del orgullo independiente, las margaritas  para los cerdos y todo eso: “el martirio es una profecía autocumplida”, en palabras del propio Arturo, casi una década después. Los años de vida de Numa fueron años de pasión literaria y editorial, y eso mismo –la pasión, envuelta en ironía y autoparodia indie muchas veces, pero pasión al fin de al cabo- parecía ser un fin en sí mismo. Tal vez el libro más imposible que publicó Numa fue Los Desafortunados, de B. S. Johnson, un mayormente ignoto autor londinense que concibió su novela como una caja que contenía los diferentes capítulos separados, cosidos independientemente, de manera que el lector podía elegir el orden en el que leía la novela: como en Rayuela, pero en serio, físicamente. Mi impresión es que ya entonces todo el mundo comprendía que aquello no podría vender lo suficiente para cubrir costes de producción pero… era tan especial, y la edición quedó tan bien… Algunos años después, uno de los colaboradores de Numa encapsuló este particular hechizo en “El Rap del Editor”: “Cajas p’arriba, cajas p’abajo/No vendo una mierda:/me importa un carajo”.

Sin embargo, sería injusto reconocer que es este mismo impulso del pequeño editor suicida el que alimenta la diversidad del sector editorial, generando la ilusión de que es una industria viva y dinámica. La industria real, la de los grandes editores, no lo es en absoluto: la variedad que ofrece puede reducirse a la posibilidad de elegir entre la última biografía de Steve Jobs o la de Mario Conde. En cierto modo, los pequeños editores son la carne de cañón que un ejército sitiado -el de la edición en papel- lanza regularmente contra las trincheras del enemigo (la Internete), con la esperanza de que alguna idea extravagante sea capaz de agrietar una posición inexpugnable. En Numa se generaron varias de estas ideas singulares: incluso los más burros entendimos entonces que la novela/caja materialmente deconstruida de B.S. Johnson era una auténtica innovación, un aparatejo interactivo en tapa dura y con savoir faire letraherido. Pero lo verdaderamente peculiar de este sector es que la tropa se lanza pertrechada tan sólo con sus brillantes ideas (y sin plan B) a la masacre, henchida de entusiasmo romántico. Como kamikazes.

David Barberá

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