Las revistas de antes de las autonomías

Las revistas plantean un mundo heterogéneo en el que el lector se descubre a sí mismo explorando facetas que no admitirá en público. Cada revista crea una geografía que transforma la realidad en experiencias iniciáticas. Cada título propone unos contenidos y se articula siguiendo los designios que un colectivo a veces tenía previstos. Y siempre sucede lo mismo. Se titubea en los primeros fascículos porque es necesario contar más de lo preciso, porque el equilibrio nace de la eclosión de mensajes, de la impertinencia de saber de antemano qué querrá el lector. Con el tiempo y tras el detenido análisis de la situación –que conlleva la necesaria asunción de culpas, la propensión a decir tacos y la determinación del enemigo (calibrando los límites de sus fuerzas)–, la revista encuentra un horizonte con una perspectiva, que podrá mudar o no, pero que servirá para alcanzar unos objetivos. Los lectores, muchas veces imbuidos en el mismo proceso sin ser conscientes de ello, vamos descubriendo poco a poco cuál va a ser la trayectoria de la publicación. Es evidente que todos aprendemos tras los errores asumidos. El que hace no sopesa, por mucho que quiera, ni los efectos colaterales ni el éxito que puede alcanzar. Lo que pareció un error en un momento dado puede ser un acierto pasados los años. El que lee no ve los condicionantes de la rebotica. Disfruta de sus contenidos o se siente agredido. La lectura de revistas es muy sufrida en un país poco dado a asumir la idea de pertenencia a un colectivo.

Las revistas que se editaban en papel provocaban en el lector ciertos rituales que imprimían carácter. Las visitas al quiosco para saber si habían aparecido los nuevos fascículos o la espera del cartero para cercionarse de que había llegado una nueva entrega se concebían como ejercicio previo, como condición si ne qua non para el posterior disfrute. El enfado que provocaba la notificación del director de una revista comunicándote que nunca más recibirías un futuro fascículo era semejante a la pérdida del amante. Nunca llegabas a entender las razones obvias de la quiebra de una publicación que sólo seguían otros seres tan excéntricos como tu. Por mucho que se quiera, todo tiene un coste en este mundo, y la ingenuidad de los poetas no marcará nunca los paradigmas económicos que nos conducen. Los especuladores viven de nuestra ingenuidad para conseguir unas ganancias que deberían avergonzarlos. Pero los que creaban revistas con el ánimo de transformar la realidad carecían de ese sentido comercial. Con toda seguridad, si hubiesen invertido en bolsa, habrían padecido los primeros reveses de esta crisis por incautos. Recordemos que, antes de la instauración del Estado de las autonomías en España, las revistas no solían encontrar una financiación oficial: eran fruto de iniciativas privadas que hacían doler los bolsillos de los suscriptores. Quien leía, invertía en algo que no estaba previsto. Y eso es un rasgo que no es nada nimio en un país como el nuestro. Se debería hacer una lista con los incautos que gastaron su dinero en lograr la pervivencia de ciertos productos culturales. Deberíamos reivindicarlos con la esperanza de que la memoria, que es materia frágil cuando se trata de cultura, los recuperase con los honores que merecen. Ahora cualquiera con un poco de poder –y sin ningún merecimiento– hace colocar una placa de metacrilato para que quede constancia de su paso.

O Alfarravista

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