El anarco-comunismo valenciano: el caso de Nueva Cultura

Por mucho que quiera Andrés Trapiello, Nueva Cultura no fue ni una revista orgánica del PCE, ni en exclusiva estalinista. Esto no quiere decir que niegue una evidencia: muchos de sus colaboradores militaban o eran afines a este partido político. Para entender la génesis y desarrollo de esta publicación es necesario tomar en consideración los testimonios que se han conservado. Que Josep Renau militó en el PCE, no cabe duda alguna. Admitir esto no nos debe llevar a pensar que los colaboradores de Nueva Cultura seguían a pie juntillas los dictados del partido.

La revista aparece en la Valencia de 1935 con el ánimo de reclutar a cualquier intelectual que fuera antifascista. Por eso colabora, por ejemplo, Juan Gil-Albert. Es importante entender que estos jóvenes, aglutinados en torno a la figura de Josep Renau, intentaban crear un discurso comprometido contra el ascenso del fascismo. También es necesario asumir que su universo de acción era Valencia, una ciudad provinciana que pretendían cambiar desde hacía años con todo tipo de propuestas artísticas y culturales. Nueva Cultura recogía las inquietudes de un colectivo heterogéneo que inconscientemente consideraba Valencia como su lugar de difusión. No nos engañemos, la revista no tenía ni la tirada que tuvo durante la guerra ni una distribución masiva. Era lo que era: una publicación de un colectivo de intelectuales suspicaces e inquietos.

Nueva CulturaBuena muestra de ello es el relato que Josep Renau hizo de las reuniones del consejo de redacción en El Polp, un bar que aún existe y que se encuentra en los poblados marítimos de Valencia (aquellos que quieren arrasar algunas autoridades municipales). Solían reunirse los jueves por la noche. Téngase en cuenta que en aquella época no era fácil llegar allá. Los poblados marítimos eran zona obrera, las huertas rodeaban la ciudad y debías adentrarte por caminos de mala muerte para ir de un sitio a otro. El testimonio abunda en que los jóvenes cenaban y bebían lo que les pedía el cuerpo, alcanzado cierto estado de deterioro. A altas horas de la noche volvían a Valencia en un autobús, que habían alquilado, a través de los caminales de la huerta, entonando todo tipo de canciones con el acompañamiento de un acordeonista ciego. Son pecados de juventud que uno confiesa en la ancianidad.

No obstante, el testimonio más interesante es el que ofrece Juanino Renau en sus memorias, sobre todo porque evidencia la ingenuidad de los colaboradores de la revista, más preocupados por expresar sus opiniones que en sopesar los daños colaterales. Según cuenta Juanino, su hermano recibió una bronca de los camaradas del PCE porque criticaron a José Bergamín, definiéndole como defensor de «la desviación mística del snobismo gran capitalista de post-guerra». No hay que olvidar que el mensaje antifascista no podía quedarse en las medias tintas. Si consideraban que debían criticar a alguien, lo hacían sin ningún rubor. Ni que decir tiene que ni sabían que Bergamín estaba bien relacionado con la cúpula del PCE ni que leía lo que escribían. A buenas horas iban a pensar que Bergamín trasladaría su enfado a los mandamases para que un camarada riñese a Josep Renau. La visión de una Valencia provinciana no les permitía pensar que un «enemigo» tuviese tanta fuerza en campo ajeno. En Valencia las cosas funcionaban de otra manera, más a la pata la llana. Estaban convencidos del poder de la palabra.

O Alfarrabista

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